Fotografias en color de la vida de Hitler

A continuación presento algunas fotografías en color que el fotógrafo Hugo Jaeger hizo del entorno de Hitler. Merecen la pena porque se trata de fotografías de gran calidad que estuvieron muchos años sin salir a la luz. 



A la izquierda, el camino de Leonding, Austria, donde Hitler creció desde 1898 hasta 1905.
Aquí vemos la primera escuela a la que asistió el Führer.





























Arriba vemos la tumba de los padres de Hitler y a la derecha la tumba de su hermana Paula.



Aquí podemos ver dos fotografías de la casa del Führer en el Berghof .
A continuación vemos unas fotografías de los despachos de Hitler y otros rincones de la Nueva Cancillería:



Finalmente, en la fotografía de la izquierda vemos el despacho de Hitler en Múnich.

Hitler y sus chóferes

En esta rara foto vemos a Hitler con su fusta en un acto del partido durante los años 20. Por aquella época era habitual verle con su fusta. Esto no nos debe extrañar, ya que era una costumbre de la época. Sin embargo, después ya no se le vio posteriormente con la fusta. Pero hoy quisiera detenerme en un aspecto poco conocido del Führer. Se trata de la relación que tuvo con sus distintos chóferes.  Como sabemos, Hitler fue un amante del automovilismo y disfrutaba enormemente viajando. Nada había más placentero para él que relajarse mientras contemplaba el paisaje, paraba en medio del campo a merendar o charlaba animadamente con su chófer. Cuando Hitler salió de la prisión de Landsberg lo primero que hizo fue subir a un coche junto a su impresor Adolf Müller y su fotógrafo Hoffmann. Hitler estaba emocionado y dijo, ¡Qué alegría siento al viajar de nuevo en automóvil ! Poco después el Führer se permitió un viejo capricho, la compra de su propio coche. Se trataba de un Mercedes rojo. Principalmente lo utilizó para recorrer la campiña bávara con sus amigos. Emil Maurice, que compartió prisión con el Führer, fue uno de sus chóferes. Hitler siempre le tuvo en gran estima. Maurice era un jóven deportista que se afilió al partido en una fecha tan temprana como 1919. Desde 1921 fue el chófer de Hitler y uno de sus íntimos. Tanto quería Hitler a su chófer que incluso vestían de forma similar y se divertían mucho estando juntos. Les gustaba ir con pantalones de cuero, camisas blancas y chaquetas tirolesas azules. Para los no bávaros esa ropa era poco habitual. A Goebbles ese atuendo le parecía divertido. Maurice divertía mucho a Hitler cuando iban con ese atuendo. Su amistad era tan grande que incluso utilizaban motes entre ellos. Hitler le llamaba con el diminutivo "Maurizl" y Maurice llamaba a Hitler "mi querido Hitler". Tal era el grado de confianza de Hitler hacia él que incluso tenía llaves del piso del Führer. En las imágenes posteriores vemos a Hitler junto a Maurice con ese atuendo, en la prisión de Landsberg. En la otra foto, Maurice con uno de su primeros vehículos.
 Quizá el incidente más conocido de Maurice fue cuando Hitler le sorprendió en la habitación de Geli Raubal. Precisamente Hitler llevaba su fusta de montar y amenazó a su chófer con ella. Este incidente les alejó por un tiempo. Pero Hitler no se mostró muy duro con su amigo. Años después, cuando Maurice se casó, Hitler puso a disposición de Maurice su piso para la celebración y le entregó 1000 marcos como regalo de boda.

El siguiente chófer, y miembro fundador de la guardia personal de Hitler, fue Julius Schreck. Desde 1928 no se separó de Hitler. Para el Führer, Schreck fue mucho más que un chófer. Se trataba de un hombre con una imponente fuerza física y muy astuto. Tenía una habilidad al volante que complacía mucho a Hitler. En 1936 Schreck contrajo meningitis y murió el 16 de mayo. Su fallecimiento resultó un trauma para Hitler. Tanto es así que Hitler apenas pudo hablar durante su entierro y después colocó un retrato de su fiel chófer en su casa, junto a otro de su madre y el de Geli Raubal.

En la imagen superior vemos a Hitler junto a Schreck al volante. En la imagen posterior, durante el entierro de su chófer.

El siguiente chófer de Hitler, quizá el más conocido, fue Erich Kempka. Comenzó a trabajar para Hitler en el año 1932, a pesar de su juventud, ya que solo contaba con 22 años. Kempka fue elegido tras una breve selección en donde demostró sus dotes como conductor. El mismo Hitler seleccionaba a su personal, algo impensable en cualquier otro jefe. Al Führer le gustaba preguntar directamente a los aspirantes y siempre sorprendía por su alto grado de conocimientos: "¿qué marcas de coches ha conducido usted hasta ahora?... ¿conoce usted el Mercedes con motor de compresor de ocho litros? ¿cuántos caballos tiene? ¿cómo procedería usted en una curva en ese, sin visibilidad, cuando el cuentakilómetros marca ochenta y aparece otro vehículo en dirección contraria? Como vemos, Hitler se involucraba enormemente en esos detalles. Finalmente, Hitler se decidió por contratarlo. Desde entonces, hasta la muerte de Hitler, Kempka no se separó de su Führer. Durante ese año de 1932 recorrió más de ciento veinte mil kilómetros junto a Hitler:

"Día y noche rodábamos por todas las regiones de Alemania y en el transcurso de estos viajes viví muchos momentos gratos. Nunca tuve la sensación de viajar con un jefe, sino más bien con un buen amigo mayor que yo y paternal en su trato. Casi nunca me hablaba Adolf Hitler de sus problemas políticos, pero yo sabía  que podía y debía contarle mis dificultades y preocupaciones de orden personal. Me escuchaba con la máxima atención y siempre estaba dispuesto a hacerlo. Constantemente se preocupaba de que los conductores fuésemos bien alojados y atendidos en ruta, y muchas veces le oí decir que sus conductores y sus aviadores éramos sus mejores amigos y que a nuestras manos confiaba su vida."

La posición de Kempka cambió una vez que Hitler se hizo con el poder. Le acompañaba en todos sus viajes, dentro y fuera de Alemania y siempre figuraba en el séquito del Führer como invitado particular. Kempka se convirtió también en el jefe del Parque Móvil del Führer y fue ascendido a Sturmbannführer. Bajo su inspección se construyeron muchos coches para Hitler y colaboró directamente con la casa Daimler Benz. Kempka ha pasado a la historia por ser quien se encargó de la incineración de los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Tal era el grado de confianza que solo a él le encomendó esa tarea tan importante. Al finalizar la guerra, Kempka escribió sus memorias con el sugerente título de "Yo quemé a Hitler".  Se trata de un interesante librito lleno de anécdotas.

Hitler, chivo expiatorio

Recuerdo una escena de la película "Hitler el Reinado del Mal" en donde el protagonista que encarna a Hitler golpea con sadismo a su perrito indefenso. Esa escena es inventada y falsa a todas luces. Hitler nunca maltrató a ningún animal, es más, no solo estaba en contra de ello sino que fue un gran amante de los animales durante toda su vida. La escena es ciertamente inverosímil, puesto que Hitler fue un vegetariano ético, pero sirve para demostrar lo calumniado que está el personaje. Este ejemplo es ilustrativo de que contra Hitler todo vale. Y ciertamente al final el público cree que Hitler fue un sádico salvaje. Curiosamente hoy, un director de cine tan conocido como Oliver Stone ha sido noticia porque se ha atrevido a decir que "Hitler fue un chivo expiatorio". Las declaraciones del director resultan muy interesantes, aunque habrá que esperar a ver su documental, ya que como sabemos, la prensa nos ofrece las noticias muy sesgadas. En todo caso, lo cierto es que el hecho de que Oliver Stone haya nombrado a Hitler, entre otros personajes, le ha servido para hacerse publicidad gratis. Porque si no lo hubiera nombrado no habría resultado escandaloso.

Hitler no fue un sádico y nunca obtuvo placer con el sufrimiento de sus enemigos. En contra de lo que apuntan muchos historiadores, Hitler no vio las películas de las ejecuciones de los conspiradores del 20 de julio. Aunque aún existen historiadores que, a falta de pruebas, prefieren decir que no se sabe si las vio o no. John Lukacs asegura que no las vio. Conociendo un poco a Hitler, uno no se lo imagina disfrutando mientras ve ejecuciones. Por otra parte, tampoco está claro si existen esas filmaciones. ¿Alguien las ha visto? Al parecer durante la guerra los aliados hicieron una película falsa en las que se veían las supuestas ejecuciones. De lo que no me cabe ninguna duda es de que si hubiera testigos presenciales nos lo habrían relatado. Pero nadie del círculo íntimo de Hitler ha dicho que el Führer ni nadie vio la famosa filmación. Me resulta del todo inconcebible que nadie que haya visto la película junto a Hitler no lo pudiera recordar tras la guerra, sobretodo sabiendo que el público demandaba historias como esas.

Otra mentira difundida también por el cine, es la famosa frase "¿Arde París?" y que atribuye a Hitler la intención de destruir la capital francesa. París era una ciudad muy admirada por Hitler. De hecho, Hitler dio órdenes precisamente de lo contrario, de no destruir ni París ni Roma. Aunque no es menos cierto que no le importaba en absoluto la destrucción de otras ciudades, como Moscú. En un principio se negó a bombardear Lóndres. Es más, Hitler siempre fue muy titubeante cuando tenía que tomar una decisión de esas características. La ironía del destino ha querido que la imagen de una Europa apocalíptica sea atribuida a Hitler, cuando fueron sus enemigos quienes la bombardearon con mayor intensidad.



En 1940, en el apogeo de su poder, Hitler se encontró con su amigo de juventud Kubizek. La escena me resulta sobrecogedora. Precisamente es una escena muy cinematográfica. Hitler le dijo a su amigo:

- Tengo todavía infinitas cosas por hacer. ¿Quién va a hacerlas si no? Y aquí me ves, cruzado de brazos, observando cómo la guerra me roba mis mejores años... Nos hacemos viejos, Kubizek. Dentro de no muchos años, será tarde para hacer lo que queda por hacer.


¿Fue Hitler un inconsciente al declarar la guerra a Rusia y a Estados Unidos?

La cuestión es muy peliaguda porque la historia acepta que la mayor locura de Hitler fue su declaración de guerra a la Unión Soviética primero y a Estados Unidos después. Es habitual el tener una imagen de Hitler de megalomanía sin control. La imagen de un Hitler jugando con un globo terráqueo es muy conocida. ¿Pero realmente era Hitler un loco? Existen muchas evidencias que demuestran que Hitler no tuvo otro remedio que declarar la guerra a estos dos países. Voy a exponer la tesis de nuevo del historiador John Lukacs, del que hablé hace poco:

"Sólo fue detenido a las puertas de Moscú. No todos los errores de la estrategia militar alemana en Rusia se le pueden atribuir. Si la decisión de conservar Stalingrado fue un error, su a menudo criticada orden de no dirigirse directamente a Moscú en julio de 1941, haciendo caso omiso a sus generales, es al menos discutible, y su firme orden de prohibir una retirada general en diciembre de 1941 demostró ser sorprendentemente efectiva."

El mismo Hitler explicó en sus conversaciones de sobremesa su decisión de atacar a la Unión Soviética:

" Puesto que el tiempo -y siempre es el tiempo, como habrás notado- se habría vuelto cada vez más en nuestra contra. A fin de convencer a Gran Bretaña  de que recogiera sus cosas, para obligarla a firmar la paz, era esencial privarla  de su esperanza de ser todavía capaz de enfrentarnos, en el propio continente, a un adversario de igual talla que nosotros. No teníamos otra elección, teníamos que borrar el elemento ruso del balance europeo a cualquier precio. Había otra razón, igualmente válida, para nuestra acción: la amenaza mortal que suponía Rusia para nuestra existencia, puesto que era absolutamente cierto que un día u otro nos atacaría. "

Una conclusión que saca Lukacs es que dentro de los motivos que nos ofrece Hitler para atacar a Rusia, no aparece para nada la palabra "Lebensraum". Según el historiador, es absolutamente equivocado pensar que fue únicamente el Lebensraum el motivo de la invasión hitleriana. Para Lukacs la invasión de Rusia se debió a que Hitler quería demostrar a Gran Bretaña y a Estados Unidos"la inutilidad de la guerra contra él".

La declaración de guerra a Estados Unidos ha sido catalogada como una locura por parte de Hitler. Lukacs se detiene en este particular. Antes de la declaración de guerra, ya existía entre Alemania y Estados Unidos un estado de guerra. Sin embargo fue Hitler quien ordenó evitar cualquier acción hostil contra unidades norteamericanas. Hitler estaba ligado a un pacto con los japoneses y fue ese pacto quien decidió la declaración de guerra de Hitler.

Es habitual oír que Hitler desconocía por completo la realidad norteamericana y que desconocía su potencial. Para Lukacs esto es falso. Hay muchas pruebas de lo contrario:

"Hitler estaba interesado en los Estados Unidos y todo lo estadounidense desde su primera juventud. Era un ávido lector de las historias del Oeste y los indios del escritor alemán Karl May, a cuya última conferencia y a su funeral asistió en Viena. También hemos visto que Hitler expresó a menudo su afición y hasta admiración, por la industria norteamericana y sus técnicas. En suma, no estaba desinformado sobre los Estados Unidos, incluidas algunas tendencias políticas norteamericanas. Leía con asiduidad , en 1940, los informes de uno de los pocos agregados militares alemanes en Washington, el general Von Boetticher. Prestaba atención a todo tipo de indicios de opiniones contrarias a Roosevelt o "aislacionistas" por parte de los nacionalistas radicales estadounidenses. Él y Stalin fueron los primeros hombres de estado extranjeros que quisieron incluir el calendario electoral estadounidense en su cálculos (Stalin al decirle a Molotov que no viajara a Berlín hasta después de las elecciones presidenciales de noviembre de 1940; Hitler al decirle a Mussolini que debería haber retrasado su ataque a Grecia hasta después de esas elecciones). A lo largo de la guerra, y bastante después de diciembre de 1941, Hitler estuvo informado sobre ciertas corrientes de opinión estadounidenses... En sus últimas conversaciones de sobremesa dijo que la guerra contra los Estados Unidos era "una tragedia"  y hasta el último momento albergó esperanzas de una ruptura entre Washington y Moscú de la que podría beneficiarse después."

Para Lukacs, Hitler ya sabía en una fecha tan temprana como noviembre de 1941, que ya no podía ganar la guerra:

"El retrato de un Hitler cegado por su fanatismo, que creyó hasta el final que la guerra no se perdería, porque no podía perderse, es en el mejor de los casos una excesiva simplificación y, en el peor, falso."